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«También tuve miedo escénico»… ¿Subes al escenario?

«También tuve miedo a escénico»… Te invito a superar tu miedo a hablar en público. ¿Subimos juntos al escenario?

Yo ya lo conseguí, ¿y tú? ¿A qué estás esperando para sacarte la “espinita”?

Lo veíamos en uno de nuestros últimos post… «No dejes que tus miedos te paralicen ni te boicoteen«

Imagina que has pasado una semana preparando tu presentación para esa convención de empresa. Por fin llega el día y te pones tus mejores galas. Allí estás tú, las 150 personas de tu empresa y un invitado de honor… tu miedo escénico.

Notas cómo empiezas sudar, a tener palpitaciones, a tartamudear al hablar, a “quedarte en blanco” … Tranquilo/a… ¡No es un terremoto! ¡Sólo es el tembleque de tus piernas!


¿Tú también sufres de glosofobia?

La glosofobia es el miedo de hablar en público, así de simple.

El miedo a hablar en público es una de las fobias más comunes en nuestro desarrollo personal y profesional. De hecho, según un estudio realizado por Adecco sobre glosofobia, un 75% de la población sufre algún sentimiento de ansiedad o nerviosismo al hacerlo.

Ya sea para enfrentarte a una entrevista de trabajo, una presentación en una convención de empresa, un examen oral de oposición o una conferencia debemos equiparnos doblemente:

  • Por una parte, con claridad, orden, entusiasmo y persuasión oratoria.

  • Por la otra, con fortaleza psicológica y asertividad.

La parte más técnica de oratoria es fundamental y podemos entrenarnos, Por este motivo hoy escribo este post para ti.

Te lo comentaba en mi post… Yo transité este pedregoso camino y sudé tinta china para hacerle frente a mi talón de Aquiles: mi miedo escénico. Me equipé bien y logré llegar al final del sendero.

Si yo lo hice, tú también puedes hacerlo. ¡Vamos allá!

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*Imagen de Irina L en Pixabay 


Mi miedo a hablar en público

Ya te lo comentaba en uno de mis post, yo tenía un miedo a hablar en público brutal que me acompañó prácticamente desde la adolescencia hasta los 30 años.

Yo era una especialista de la huida el escapismo: evitaba cualquier asignatura de rolplaying, huía de las presentaciones grupales, las conferencias, los trabajos como formadora.

Creía, de forma anticipada que iba a ser rechazaba, así que activaba mi vergüenza, y esta promovía todo un conjunto de acciones desadaptativas e irracionales encaminadas a protegerme de ese posible rechazo.

Llegaba a somatizar para no enfrentarme a este tipo de situaciones atemorizantes. Para mí hablar delante de más de tres o cuatro ya era una situación de estrés y tendía a inhibirme “hacerme el bicho bola”. El miedo fue ganándome terreno y perdí oportunidades laborales y oportunidades de ocio.

Cada vez que no me exponía, el miedo escénico me ganaba en las trincheras, y este miedo llegó a tener tintes de mini-fobia social, incluso. Y todo, por buscarme mil tipos de justificaciones y excusas que me llevaban a ver a los grupos de gente, como “evaluadores amenazantes” y a verme a mí como “discapacitada social”.

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Trabajaba, por aquel entonces, en una empresa estupenda de formación para directores, INFOVA, y para mí era un auténtico martirio exponerme y participar en cualquier actividad grupal o empresarial.

El dinamismo y la apertura de esta empresa supuso un buen gimnasio para trabajar mi miedo escénico, pero reconozco que no aproveché esta oportunidad laboral lo suficinete. Casi casi me limité a trabajar «como ratón de biblioteca» en la parte menos visible de las formaciones. 

Llegó un momento en el que me planté, porque entendí que, en mi profesión y en mi vida, ir caminando con inseguridad social sólo iba a hacerme pagar peajes caros.

Para liberarme de esta losa tenía que hacer algo…


La detección de «peces cagones» y la reestructuración de estas ideas limitantes

Plasmando todos mis miedos en un papel, yo descubrí que la creencia de base, y que sostenía mi miedo escénico, era que una mala presentación en público sería en final de mi carrera como psicóloga y como “persona funcional” capaz de hacer cosas válidas por mí y por los demás. 🙄 

Estarás de acuerdo conmigo que ese miedo era totalmente irracional. Puedo hacer una presentación desastrosa o tener dificultades para comunicarme, pero seguiré hablando y poniendo en práctica otras fortalezas que me permitan llevar la vida coherente y útil que quiero.

Lo primero: debía convencerme a mí misma, mediante mi diálogo interno, de que no tenía pruebas para anticipar mi fracaso y la desaprobación social. Es más, debía persuadirme de que, si así fuese, tampoco yo necesitaba la aceptación de todo el mundo.

De media, contar con el porcentaje aproximado de un 25% de personas que no son afines a mí y probablemente, me rechazarán, me ayudó bastante.

Así aprendí a reconciliarme con mi falibilidad y a relativizar esa estadística, sobrevolando y relativizando con más rapidez cualquier rechazo. Es más, poco a poco dejé de buscar compulsivamente la aprobación de los demás y comencé a tomarme menos en serio y reírme mucho más (de/conmigo misma).

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Mi listita de estímulos atemorizantes…

Para dedicarme a la psicología y el coaching estaba claro que tenía que trabajar este talón de Aquiles. Hice una lista de cada uno de los distintos aspectos de “hablar en público” que me daban miedo o me producían ansiedad:

  • Recibir la propuesta o petición de hablar en público.

  • Saber que tengo que entrar a una sala y enfrentarme yo sola frente a un auditorio con más de 3 personas.

  • Ver a un grupo de personas que pueden saber más que yo sobre un tema o puede que me miren con desinterés, desaprobación o rechazo.

  • Estar de pie frente a la gente un minuto antes de empezar a hablar, intentando ordenar todas las ideas en mi cabeza.

  • Hilar un discurso más o menos largo.

  • Escuchar las preguntas o dudas de los participantes y darles respuesta.

  • Salir de la sala y hacer repaso de cómo ha ido la presentación grupal.

Éstas son sólo algunas ideas. Te invito a que diseñes tu propia lista sobre tu miedo en particular.

En mi caso, me arremangué y comencé exponiéndome muy poco a poco a mi miedo.

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Mis “mordisquitos”

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*Imagen de Olya Adamovich en Pixabay 

La otra es estrategia implicaba pasar a la acción, poco a poco, arriesgándome a pasar vergüenza y hacerlo de forma voluntaria. En este sentido, el psicólogo cognitivo Albert Ellis fe muy inspirador con su “técnica de ataque a la vergüenza”.

Volví a la lista de situaciones que me producía ansiedad, y comencé a trabajar con aquella situación que me producía menos ansiedad.

“Me obligué” y empecé hablando en grupos reducidos y en situaciones controladas (reuniones de amigos, de vecinos, de trabajo).

Después comencé a practicar y experimentar en contextos más grandes. 😛 

Me propuse jugar con las palabras y exponerme gradualmente pronunciando mini- discursos en eventos en los que era invitada (fiestas, convenciones de empresa, bodas, etc.).

Paso a paso fui dejando el “látigo de la autocrítica” de lado y la expresión del miedo (a quedarme en blanco, al ridículo, al qué dirán, etc.) fue disminuyendo poco a poco.

Para ello, al principio preparaba exhaustivamente las presentaciones con diferentes formatos creativos para captar la atención de la gente. Probaba a ensayar frente al espejo varias veces. Sin embargo, aprender mi discurso como un papagayo, me restaba toda la naturalidad.

Necesitaba cierto control sobre el contenido de mis presentaciones y mi discurso, pero también margen de improvisación y creatividad, para sentirme yo misma llevando las riendas.

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Me fui relajando, apostando por la apertura y el dinamismo de los formatos grupales, hasta que fui puliendo la técnica que mejor me funcionaba. Todo esto bien aderezado con exposición, exposición, exposición… Perseverancia… perseverancia… perseverancia.

Lo habrás escuchado un millón de veces, pero con la práctica todo fue mucho mejor. Como si de un mantra se tratase, me repetía a mí misma: “Esto del terremoto de las piernas sólo pasa las primeras ocho veces. Luego todo irá mucho mejor”.

De hecho, me permitía el lujo de decir abiertamente a mis grupos…

“Qué nervios! ¡Esto impone! ¿Alguien me cambia el puesto?”

Y, a base de repetir, repetir y repetir, probar diferentes formatos y adaptar las presentaciones a mi estilo (a veces sentada en un cojín, otras ocasiones, descalza, con o sin micrófono, etc.), el temblor de mis piernas fue disminuyendo poco a poco, efectivamente.

Respirar profundamente, hacer visualizaciones positivas de éxito, adoptar una postura empoderante y tomar unos sorbitos de agua antes de cualquier presentación o entrevista me permitieron construir un ritual útil para bajar revoluciones y relajarme casi inmediatamente.

A día de hoy, la botellita de agua me sigue acompañando y beber ese sorbito de agua “engaña cerebros ansiosos” es casi como mi amuleto de la suerte para comenzar a fluir.

En las presentaciones, una de las fortalezas que me salvó fue tirar de mi sentido del humor para relajar el ambiente y adaptar el contexto “atemorizante” a mi propia capacidad de improvisar, de ser creativa y de reírme de mí misma.

Recuerda… El dolor existe, el ridículo, no. 😉 Jandro te lo explica de maravilla en su charla TED.

 


¿Por qué nos tomamos tan en serio?

No fue de un día para otro, pero con el tiempo mi mayor miedo se ha convertido en una actividad natural. Hablando en público he llegado a disfrutar muchísimo de los chutes de energía grupal.

Cada vez que lograba atravesar mis miedos y exponerme a mis “peores monstruos” calendarizaba el premio o refuerzo positivo que me iba a dar nada más terminar la situación grupal estresante.

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En el supuesto de que aún no tuviera la lección aprendida, vivir y trabajar contexto social alemán, en general más frío y menos reforzante, ha sido la puntillita. Como estrategia de supervivencia, aquí he rematado este entrenamiento en “empoderamiento” y aceptación incondicional a la hora de exponerme a contextos grupales y de ser más yo misma.

La naturalidad y mi intento incorporar, como “protas del escenario”, a mis interlocutores siguen siendo mis cartas de presentación. Estas estrategias sólo me han traído cosas buenas. Tengo más que claro puedo gustarle a todo el mundo y seguiré recibiendo críticas, rechazos, “Noes”, pero mi mayor logro es haber ganado en confianza y sobre, todo, en autenticidad.

¡Y que te digan que NO también puede ser un regalazo, de hecho!


Y al final descubrí que mi miedo era “una tontá”

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*Imagen de Alexas_Fotos en Pixabay 

Lo veíamos juntos en uno de mis últimos post

No vivimos en una burbuja. La realidad, por tanto, es que todo lo que tememos podría llegar a pasar. Nada que objetar.

Pese a que todo lo que me aterraba antes sobre lo que podía salir mal hablando en público, decidí aceptar el riesgo y entender que las cosas (las buenas, malas y las reguleras ocurren) y que “lo que sucede, conviene”.

En mi caso tuve que enfrentarme al hecho de que podía fallar en mis presentaciones en público. Una vez que estuve dispuesta a asumir que podía ocurrir, pero que, en realidad, el mundo no se iba a acabar, el miedo dejó de tener impacto sobre mí.

supera miedo a hablar en publico - confianza

Si yo pude, te garantizo que tú estás más que equipado para lograrlo. Y sólo puedo darte el empujoncito para que no le pongas tú solito/a tu propio techo de cristal a tu proyecto vital.

Te deseo presentaciones en público: eficaces, exitosas y, sobre todo, ¡fuente de disfrute, poderío y satisfacción personal!

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Una vez más, muchas gracias por leerme y dedicarme un ratito.

Un abrazo enorme.

Cris #decideteycambia .

*Imagen Principal de Digital Photo and Design DigiPD.com en Pixabay  

Soy Cristina Centeno, psicóloga y expatriada feliz. Te muestro claves de psicología y coaching que te ayudarán a soltar lastres, a zambullirte con humor y confianza en la incertidumbre, a liberarte de tus miedos y tu apatía, a tener más claridad, firmeza y autenticidad a la hora de decidir y cambiar y, sobre todo, a liderar la vida que realmente quieres y mereces.

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