Cada septiembre, la misma escena. Se apuntaba al gimnasio el primer lunes del mes, con la determinación de quien va a arreglar algo urgente. A las tres semanas lo dejaba. Llegaba a consulta convencida de que el problema era ella: «no tengo disciplina», «siempre me rindo», «soy una perezosa». Le pregunté qué se decía a sí misma cuando entraba por la puerta del gimnasio aquellas primeras semanas. Se quedó pensando. «Que ya tocaba. Que llevaba todo el verano sin hacer nada. Que tenía que compensar.» No le faltaba disciplina. Le sobraba autoexigencia disfrazada de propósito.
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El ejercicio como penitencia no dura porque no puede durar
Cuando empiezas a moverte para pagar algo —el verano, la comida, la culpa acumulada de meses—, el movimiento deja de ser tuyo. Se convierte en una cuota. Y las cuotas, tarde o temprano, dejan de pagarse, sobre todo cuando quien las cobra eres tú misma con esa voz que no perdona ni un lunes saltado. Lo que ocurre en esas tres semanas es previsible: vas los primeros días con la tensión de quien cumple un castigo. Notas mejoría, sí, pero la lees en clave de «lo estoy haciendo bien» o «lo estoy haciendo mal», nunca en clave de «esto me sienta bien». Y en cuanto falla un día —por cansancio, por trabajo, por lo que sea—, la penitencia se rompe. Si el ejercicio era la prueba de que por fin ibas a ser constante, un día fallado no es un día fallado. Es la prueba de que, otra vez, no vales. Ahí lo dejas. No porque el cuerpo no quisiera moverse. Porque la cabeza no soportaba seguir siendo examinada.
Lo que de verdad cambia el ánimo no es el gesto, es el vínculo con el gesto
Sabes que moverte te sienta bien. Eso no está en discusión, lo sabes por experiencia propia, no hace falta que te lo demuestre nadie con una cifra. El problema nunca ha sido saberlo. El problema es que lo has convertido en una tarea más de la lista de septiembre, junto con volver a comer bien, dormir a horas decentes y dejar de mirar el móvil en la cama. Otra cosa en la que puedes fracasar. Y aquí va la parte que a algún colega le puede chirriar: no creo que la clave esté en la constancia. Creo que la constancia es un síntoma, no una causa. Cuando alguien se mueve durante años sin dramas, no es porque haya encontrado fuerza de voluntad de fábrica. Es porque en algún momento el movimiento dejó de ser una cuenta pendiente y pasó a ser un rato que le pertenece. Nadie es constante con lo que le castiga. Todos somos bastante constantes con lo que nos alivia. Esto no significa esperar a que te apetezca, porque a menudo no apetece, sobre todo al principio. Significa otra cosa: preguntarte para qué te mueves antes de decidir cómo. Si la respuesta es «para compensar», «para quemar», «para no engordar lo que engordé en agosto», ya sabes por dónde va a acabar la historia, la misma de siempre. Si la respuesta tiene algo que ver con salir de casa, con parar de pensar, con sentir el cuerpo de otra manera, ahí hay algo con lo que trabajar.
De la ilusión al gesto, sin pasar por la tabla de Excel
Uso con frecuencia un esquema sencillo con quienes vienen a verme: primero la ilusión, luego la elección, después la acción. En este terreno funciona igual. La ilusión no es «tengo que ponerme en forma». Es algo más pequeño y más honesto: «me gustaría llegar al final del día con menos peso encima», «echo de menos caminar sin mirar el reloj», «necesito un rato en el que nadie me pida nada». Esa ilusión, si es tuya de verdad, no necesita un reto de treinta días para sostenerse. La elección viene después, y es la parte que casi nadie se para a hacer: decidir qué movimiento encaja con esa ilusión concreta, no con la que toca según el calendario. Si lo que buscas es silencio mental, una clase con música a todo volumen y espejos por todas partes probablemente no te lo va a dar, por mucho que sea lo que hace todo el mundo en septiembre. La acción, entonces, deja de ser una prueba de carácter. Es solo el paso lógico de algo que ya decidiste con cabeza, no con culpa.
No se trata de encontrar el deporte perfecto. Se trata de dejar de usar cualquier deporte como forma de castigarte por haber vivido tres meses sin controlarte tanto.
A la mujer del gimnasio de septiembre le llevó un tiempo separar una cosa de otra. Dejó de apuntarse a nada en octubre. Empezó a caminar sola, sin plan, veinte minutos antes de que abriera la consulta donde trabajaba. Sin tabla, sin reto, sin nadie que llevara la cuenta. Meses después seguía haciéndolo. No porque hubiera encontrado disciplina de la que antes carecía. Porque había dejado de convertir su cuerpo en un lugar donde pagar facturas pendientes. Si esto te suena a algo que llevas años repitiendo cada septiembre, quizá merezca la pena hablarlo con calma. Puedes escribirme por WhatsApp al 604 527 795.
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Cris — Decídete y Cambia