Llevaba cinco años diciéndolo igual, casi con el mismo tono cada septiembre: «es el bajón de la vuelta, ya se me pasará». Lo decía como quien recita una etiqueta que le han pegado en la espalda sin preguntar. Una tarde, sin venir a cuento, mientras hablábamos de otra cosa, se le escapó: «en realidad es que no quiero volver a ese trabajo». Y luego, más despacio: «eso da más miedo que el bajón».
Ahí cambió la conversación. Porque una cosa es tener unos días raros al volver de vacaciones. Y otra muy distinta es llevar años usando esa etiqueta para no mirar de frente algo que sí tiene solución, pero que exige más que esperar al fin de semana.
Tabla de contenidos
Lo que llamamos bajón y no lo es
La «depresión postvacacional» no es un diagnóstico. No aparece en ningún manual clínico porque no es un cuadro médico: es un nombre coloquial, útil para hablar por encima de algo, pero flojo para explicarlo. Y como todo nombre flojo, sirve de comodín. Meses de desgana caben ahí, disfrazados de algo estacional y por tanto pasajero. Si es por la vuelta de las vacaciones, no hay que hacer nada. Se pasa solo, como un catarro. El problema es cuando no se pasa solo, y llevas explicándotelo así cada año desde que no recuerdas cuándo empezó.
Hay un malestar real los primeros días de septiembre: menos luz de sobremesa, horarios que aprietan, la sensación de que el verano se ha ido sin avisar. Eso existe y es leve. Se difumina en una o dos semanas casi sin que hagas nada. Lo que no se difumina —lo que en realidad estabas notando desde marzo, desde el septiembre anterior, quizá desde hace tres años— es otra cosa. Y esa otra cosa no tiene que ver con el calendario. Tiene que ver con la vida a la que estás volviendo.
El silencio antes de la frase que da miedo
En consulta hay un momento que reconozco enseguida. La persona lleva un rato hablando de horarios, de tráfico, de lo cansada que está siempre en septiembre. Y de pronto se para. Ese silencio no es que se le haya olvidado lo que iba a decir. Es que lo sabe perfectamente y no lo ha dicho nunca en voz alta, ni siquiera a sí misma con claridad.
Porque decir «no quiero volver a ese trabajo» obliga a algo más incómodo que aguantar hasta el viernes. Obliga a preguntarte qué haces con esa frase. Si te la crees o la enterrás otra vez. Si haces algo con ella o la disfrazas de bajón estacional durante otro año, y otro, hasta que dejar de contar los septiembres.
Es mucho más cómodo el bajón. El bajón no exige decisiones. El bajón se cura con tiempo, con paciencia, con «ya se me pasará». La frase de verdad —no quiero esta vida, o no quiero esta parte de mi vida— exige mirar qué vas a hacer al respecto. Y eso da vértigo, claro que da vértigo. Es lógico que la mente prefiera la etiqueta blanda.
Lo que sí conviene mirar
No toda desgana de septiembre esconde un trabajo que odias o una vida que no elegiste. A veces es, efectivamente, solo el cambio de ritmo. La diferencia está en el tiempo y en la forma.
- Si el malestar dura más de dos o tres semanas y no cede aunque retomes rutina, sueño y horarios, no es el bajón de la vuelta.
- Si cada domingo por la noche te pesa igual que el primer día de septiembre, y esto lleva pasando años, no es estacional: es estructural.
- Si al pensar en el trabajo, la pareja o la rutina a la que vuelves notas algo parecido al alivio cuando imaginas no volver, ahí hay una pregunta que merece más que un puente de octubre.
- Si te sorprendes explicando el mismo bajón cada año con las mismas palabras, quizá el patrón no está en el calendario. Está en ti evitando la misma conversación contigo misma.
No hace falta un cambio radical de vida para que esto tenga sentido. A veces la respuesta no es dejar el trabajo, sino nombrar por qué te pesa tanto y decidir con qué parte de esa carga puedes negociar. A veces sí es dejarlo, o cambiar de área, o hablar una conversación pendiente con quien vives. La cuestión no es que la solución sea grande. Es que sea tuya y no una excusa estacional.
La diferencia entre esperar y elegir
Esperar a que se te pase el bajón es una forma de no decidir. Es cómoda a corto plazo y carísima a largo plazo, porque cada septiembre que pasa reforzando la misma historia —«ya se me pasará»— es un septiembre menos preguntándote qué necesitarías cambiar para que dejara de pasarte.
La ilusión de otra vida no aparece sola. Primero hay que mirar de frente lo que no te gusta de la actual, sin la excusa de la vuelta al cole. Después, elegir qué parte de eso está en tus manos. Y solo entonces, actuar, que suele ser lo menos dramático de las tres fases y lo que más se posterga por miedo a las dos anteriores.
Quien me decía aquello del trabajo no dejó su empleo al día siguiente. Tardó meses en decidir qué hacer, y lo que decidió no fue lo que yo hubiera imaginado al principio. Pero dejó de llamarlo bajón. Empezó a llamarlo por su nombre. Y eso, aunque no lo parezca, ya es la mitad del trabajo.
Si cada septiembre te repites la misma frase y empieza a sonarte hueca, quizá no sea el calendario lo que falla. Escríbeme al 604 527 795 si quieres hablarlo con calma.
Porque tanto vivir como acompañar a otros implica revisar lo que no siempre sale perfecto.
A veces necesitas un espacio para ordenar lo que sientes, recuperar claridad o avanzar con más calma. Otras veces, como profesional, necesitas supervisar casos, compartir dudas y sostener el desgaste que implica cuidar a otros.
Este espacio está pensado para ambas cosas: una psicología cercana, estratégica y basada en evidencia.
¿Cómo puedo ayudarte?
Para profesionales
Supervisión clínica, formación y acompañamiento estratégico para psicólogos, equipos y organizaciones.
Para pacientes
Sesiones de psicoterapia breve online o presencial para ayudarte a recuperar dirección, estabilidad y bienestar emocional.
La buena vida para ti siempre.
Un abrazo fuerte,
Cris — Decídete y Cambia