Llegó a consulta con tres electrocardiogramas normales en el bolso y una desconfianza total hacia su propio pecho. La primera vez creyó que le daba un infarto en el aparcamiento del supermercado: el corazón desbocado, el aire que no entraba, la certeza de que aquello era el final. No lo era. Pero desde entonces vivía pendiente de la próxima vez.
Lo que le pasó tiene nombre, y distinguirlo del otro nombre parecido lo cambia casi todo.
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Una alarma que suena por algo y otra que suena por sonar
La ansiedad es una combustión lenta. Está enganchada a algo concreto —un trabajo que aprieta, una cuenta que no llega, una decisión que no tomas— y va desgastándote a fuego bajo, días o semanas. Es incómoda, agota, pero sabes más o menos de dónde viene.
El pánico es una explosión. Aparece de golpe, muchas veces sin motivo aparente, alcanza su punto máximo en minutos y trae una sensación visceral de catástrofe: me muero, me vuelvo loca, pierdo el control. La diferencia no es un tecnicismo de manual. Es la diferencia entre una alarma que suena porque hay humo y una que se dispara sola.
El verdadero problema del pánico no es el pánico
Aquí está la trampa. Después del primer episodio, lo que se instala no es el ataque en sí, que dura poco: es el miedo a que vuelva. Empiezas a vigilar tu cuerpo, a interpretar cada latido rápido como el aviso de otra crisis, a evitar los sitios donde te pasó. Y esa vigilancia constante es justo lo que mantiene el fuego encendido. Le tienes miedo al miedo, y ese segundo miedo es el que te encierra.
Qué ayuda de verdad
Lo primero, saber que ninguna crisis de pánico, por brutal que se sienta, te va a partir por la mitad: sube, hace cresta y baja, siempre. No es que no sea real —lo es, y da un miedo espantoso—, es que no es peligrosa aunque tu cuerpo grite que sí. A partir de ahí, el trabajo no va de aguantar la respiración ni de trucos de urgencia, sino de enseñarle poco a poco a tu sistema de alarma que esas sensaciones no son una amenaza.
Eso sí se aprende, y se aprende bien. Si estas crisis se repiten y ya condicionan lo que haces o dejas de hacer, escríbeme por WhatsApp al 604 527 795: es de las cosas que mejor responden a la terapia, y no tienes por qué vivir pendiente de tu propio pecho. Aquí te cuento cómo trabajo la ansiedad.