Llevaba tres años en el mismo trabajo, uno de esos que se comen por dentro sin hacer ruido por fuera. Me lo contó así: «Sé aguantar, se me da bien». Lo dijo con una media sonrisa, casi orgullosa. Y ahí me quedé pensando, porque llevaba razón. Se le daba bien. El problema es que nadie le había preguntado nunca si aguantar era lo que necesitaba hacer.
Esto pasa más de lo que parece en consulta. Mujeres que han convertido la resistencia en identidad. «Yo tiro para adelante», «yo no me quejo», «yo aguanto lo que haga falta». Y lo dicen como quien enuncia una virtud, porque durante mucho tiempo lo ha sido. Sostener una casa, un trabajo precario, una relación que ya no da más de sí, una madre enferma. Aguantar ha sacado adelante a generaciones enteras de mujeres. El problema aparece cuando ese mecanismo, que en su día tuvo sentido, se queda encendido para siempre, incluso cuando la situación ya no lo exige.
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La diferencia entre sostener y anestesiar
Sostener es activo. Sabes lo que estás soportando, sabes por qué, y tienes una fecha de caducidad aunque sea lejana. Aguantar, en su versión tóxica, es otra cosa: es dejar de sentir para poder seguir. Es apagar la señal de alarma porque ya no la soportas, no resolverla.
La mujer que os menciono no estaba mal del todo. Dormía, comía, iba a trabajar, se reía con sus amigas los viernes. Pero cuando le pregunté qué sentía al llegar a la oficina cada mañana, se quedó en blanco. No es que no quisiera contármelo. Es que no lo sabía. Llevaba tanto tiempo entrenándose para no sentirlo que la pregunta la dejó muda, como si le hablara en otro idioma.
Eso es lo que distingue a la resiliencia real de la anestesia con nombre de virtud: la primera te permite seguir sintiendo mientras avanzas. La segunda te obliga a elegir entre sentir y seguir. Y casi siempre acabas eligiendo seguir, porque parar da miedo. Parar significa mirar de frente lo que llevas aguantando, y muchas veces lo que hay ahí es más grande de lo que una quiere admitir un martes cualquiera antes de ir a buscar a los niños al colegio.
Por qué cuesta tanto soltar el aguante
Aquí está lo que un colega podría discutirme, y con razón: aguantar no es un fallo de carácter, es una estrategia que en algún momento funcionó. Si de niña aprendiste que quejarte no servía de nada, o que expresar malestar generaba más problemas que soluciones, tu sistema nervioso aprendió una lección clara: aguantar es seguro, sentir es peligroso. Eso no se cambia leyendo un artículo. Se cambia, si acaso, comprobando una y otra vez, en situaciones pequeñas, que sentir no te destruye.
Por eso no sirve de nada decirle a alguien «tienes que soltar el control» o «permítete sentir». Son frases correctas y completamente inútiles si no van acompañadas de algo concreto: un espacio, una relación, un momento en el que probar que efectivamente no pasa nada catastrófico por dejar de aguantar durante cinco minutos.
Lo trabajamos con algo muy simple. Le pedí que, durante una semana, en vez de aguantar automáticamente cualquier malestar, se detuviera un segundo y se preguntara: «¿esto lo estoy sosteniendo porque elijo hacerlo, o porque no sé hacer otra cosa?». No hacía falta que cambiara nada todavía. Solo que notara la diferencia. Al cuarto día me escribió: «Me he dado cuenta de que llevo aguantando cosas que ni siquiera recuerdo por qué empecé a aguantar». Eso ya es información. Y es más de lo que consigue mucha gente en meses de fuerza de voluntad.
Ilusión, elección, acción, en ese orden
El error habitual es querer saltar directamente a la acción: dejar el trabajo, poner el límite, cortar la relación. Pero sin haber pasado antes por la ilusión —qué es lo que de verdad quiero, no lo que toca querer— y por la elección real —esto lo hago porque decido hacerlo, no porque no sepa parar—, la acción se queda coja. Se convierte en otro acto de voluntad forzada, otra forma de aguantar, esta vez disfrazada de cambio.
Si en tu caso el patrón está más relacionado con lo que ocurre puertas adentro que en el trabajo, quizá te sirva leer sobre cómo detectar cuándo una relación se ha convertido en una carga que sostienes sola, porque el mecanismo de fondo es idéntico: seguir sosteniendo algo que hace tiempo dejó de sostenerte a ti.
Volviendo a ella: no dejó el trabajo esa misma semana. Tardó cuatro meses más. Pero cuando lo dejó, no fue porque ya no aguantara más, como hubiera dicho antes. Fue porque, por primera vez en años, se preguntó qué quería hacer con su tiempo, y la respuesta no incluía esa oficina. La diferencia entre esas dos frases —«no aguanto más» y «esto ya no es lo que quiero»— es la diferencia entre huir y decidir.
Aguantar bien hecho tiene fecha de caducidad y un propósito claro. El otro, el automático, el que se ha vuelto identidad, no tiene fin porque no está resolviendo nada. Solo está posponiendo la pregunta.
Si notas que llevas tiempo aguantando algo sin saber muy bien ya por qué, puedes escribirme al 604 527 795 y lo miramos con calma.
Porque tanto vivir como acompañar a otros implica revisar lo que no siempre sale perfecto.
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Cris — Decídete y Cambia